diumenge, 2 d’agost del 2009

Unchained youth.

El humo del tabaco se escapa por el centro de mis labios y la nube blanca se dispersa entre el aire, adiós -le digo, y a penas me absorben los pensamientos que ya estoy tomando otra calada del cigarro que se va consumiendo entre mis dedos, y uno tras otro acabaré la cajetilla entera esta mañana. Ya tenía conocimiento de ello.

Me aparto del pequeño muro de la terraza en el que estoy apoyada y me siento, en compañía de mi café, en la silla de plástico barata que reside medio húmeda por la lluvia nocturna entre las baldosas de cerámica del suelo. El sol se divisa por el horizonte, saludando con vergüenza, es tímido y pasa lento ante mis ojos, me quema la vista para que la aparte y así no le mire, me trae la mañana. Suspiro, ¿qué será de mi hoy? La misma sonrisa falsa, los mismos zapatos de charol, maquillaje hasta las orejas, un peinado refinado, la ducha de las once, salir a la calle por el mero hecho de caminar, ¿algo más? Quizás hoy me coma una napolitana con la esperanza de que eso me cambie la vida, quién sabe. Hace tiempo perdí la esperanza de pensar que alguien podría dar un giro a mi rutina, hace ya sus años que llegué a la conclusión de que no estoy hecha a voluntad del amor y que, por lo tanto, de él deberé prescindir hasta que yo me consuma también como mi propio tabaco. Beber, fumar, dormir, comer, beber, fumar… Todos los días lo mismo, no cambia nada pero tampoco busco que nada cambie, me he acostumbrado a vivir así. Me independicé a los dieciocho años dejando atrás a una familia que no me quería -yo tampoco a ellos, con sinceridad debo confesar- porque fui la oveja negra en todo lo que pude e incluso más, pensé que la libertad lejos de mis padres conservadores y una hermana más egoísta que persona me alegraría un poco pero más que libertad esto es comparable a un infierno personal de facturas, hipoteca y soledad, ¿qué coño hago yo aquí?

Nací en Tarragona y he vivido siempre en un pueblo al sur de la comarca de Conca de Barberá, Montblanc, el cual consiguió alimentar mis sueños de libertad con prados verdes, árboles, flores del mediterráneo y, cómo no, el monte más cercano a mi antigua casa: Santa Bárbara. Aquello sí que era bárbaro, sin duda [nótese el juego de palabras]. Me sincero al decir con melancolía que añoro aquel ambiente, aquellos lugares repletos de magia y tradición tarraconense. El convento de San Francisco, uno de los más antiguos de Cataluña, que llegó a hechizarme con su arquitectura antigua de piedra, sus portalones, sus ventanas, la fantasía que en él residía; los antiguos hospitales de San Marcial, San Bartolomé y Santa Madalena de los cuales supe más por mis abuelos que no por mí misma; el santuario de la Virgen de los Prats, más conocido como Ermita de los Prats popularmente, situado en la Guardia de los Prats, otro barrio, y no en Montblanc. Recuerdos, imágenes distorsionadas en mi mente infantil, ahogando a la niña que fui y que ya nunca volverá, tengo veintidós años, hace cuatro que vivo en Barcelona y aun me queda mucho por descubrir de la ciudad capital, nunca me ha gustado la contaminación -de ningún tipo: acústica, química, lumínica…- pero si vives aquí no hay más remedio que soportarla y hacer oídos sordos a aquello que te desagrada, por estas calles he llegado a ver de todo: prostitución, drogas, mercado negro, asesinatos, violencia de género… pero no, eso no degrada la ciudad en lo más mínimo, el mero nombre de ‘Barcelona’ ya da importancia a la metrópoli y la eleva en su presencia ante las otras. Suelo pasear por el Fórum -antiguamente ‘de las culturas’- cuando la inquietud y el desasosiego me atacan en casa estando, me paseo por el puerto y la playa del Bogatell con paso lento, disfrutando de cada escena, de cada sonido, de cada frase, de cada rumor lejano que me llega al impactar una ola con las rocas. Amo esta ciudad y, si de alguna forma fuese posible, me casaría con ella. Aquí, en la arquitectura, en la historia, en las formas y los lugares he encontrado el amor que jamás ningún hombre ha sido capaz de entregarme, un amor puro al que me aferro con la certidumbre de no volver a caer al tropezar con mis propios pasos.

A penas me doy cuenta cuando ya he gastado el paquete entero de Fortuna, no me queda ya más que hacer en la terraza, voy al mueble bar y me sirvo el segundo medio vaso de Vodka, me quema la garganta y carraspeo. Miro la hora y esta me asombra, las siete y media de la mañana, ¿qué hago yo despierta si es domingo? Me vuelvo a la cama y más tarde Dios dirá.

1 comentari:

  1. ¿Dónde guarsas le prmio novel de literatura? No lo vi en tu casa, porque si esto es lo que escribe smal, no quiero leer [ más bien si quiero hacerlo] lo que escribes bien.
    En este texto veo una vida desafortunada que ella acepta, veo que es una perosnas de espiritu libre y sinceor que disfruta de cualquier cosa, voe ela mor que le tienes a nuestra ciudad, y como los recuerdos escabrosos te sirven para argumentar una infancia pésima.

    Tambien veo.. talento.
    tequiero
    :)

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