Creo que empiezo a no querer a mi hermano. Si, lo sé, es triste. Él, mi acompañante en mil viajes; él, mi compañero de juegos; él, aquel que me protegió cuando yo era demasiado pequeña para hacerlo por mi sola; él, aquel que me mostró vida y diversión. Él, éramos tan solo él y yo, los dos, y puedo asegurar que, aunque no como dos amantes lo hacen, lo amé a mi manera. Amé sus ojos verdes, amé su expresión, amé sus palabras sabias y sus enseñanzas. Todo aquello que amé ahora lo odio, mi hermandad se ha transformado en venganza y no sé a que achacar este hecho, esta metamorfosis inentendible de sentimientos.
Él pasa los dedos por sus cabellos castaños, se reúne con mi madre en la cocina y las lágrimas luchan por saltar fuera de las cuencas, pero no, es fuerte y resiste. Comenta que cree que ya no le quiero y luego se hace un silencio sepulcral.
Me he sumergido en un mundo de recuerdos con la esperanza de hallar hogar aquí, un hostal, un suspiro, oxigeno en el aire y besos de los que beber. Cada momento almacenado en mi mente me alimenta y, con alegrías sanas o penas indigestas, voy recordando mi vida mientras la voy reconstruyendo a partes como un rompecabezas. He vivido mucho; ya no mucho más viviré. Rozo los noventa y suelo sentir como la sangre se me hiela por el cuerpo unos instantes, amenazante, poniendo a prueba mi salud, recordándome que mis últimos segundos aquí son algo efímero que pasará como una centella. No puedo ya hacer mucho más por mi vida.
Recuerdo como Alexia, mi nieta, se me subía a la falda siendo ella muy pequeña y me observaba con ojos suplicantes: quería un cuento; pero no quería una historia normal que le hablase de tiempos lejanos, un castillo, hadas, brujas, princesas y un príncipe, no, ella me imploraba con la lágrima a punto de recorrerle las mejillas cuentos que explicasen valores de la vida. ‘¿Valores de la vida?’ recuerdo que pregunté sobresaltada y sorprendida la primera vez que me habló de ello, tanto a su madre como a su tía yo me había dedicado a contarles cuentos de Charles Perrault o de los hermanos Andersen, basados en la tradición oral. Ella me explicó que los relatos que estaba buscando eran palabras para aprender, frases sabias, una detrás de otra, y que tan solo una persona con tanta experiencia como yo podría llegar a contarle algo que realmente le enseñase. Creí entender. Siguió diciendo que ella quería que le enseñase de amor, de tristeza, de dolor y de pena, de depresiones, desamores, alegría, felicidad, ilusiones y esperanza, odio, celos, traición… la lista, al acabar, rozó quizás unos 50 valores quedándonos todavía algunos sin mencionar, hecho que me asombró y me hizo reflexionar en que tan expresivos somos los seres humanos y que tan poco apreciamos la gesta de poder sentir tantas cosas en nuestro interior: espíritu, alma y corazón.
Inicié mi tarea ideando varias historias con las que explicarle, de forma entendedora para una chiquilla de ocho años que apenas acababa de aterrizar en la faz de este mundo, todo aquello que ella me había suplicado con esa boquita de piñón. Pasaron los días y cada noche acudía a contarle una nueva fábula repleta de aquello con lo que le gustaba y, mirando sus ojos y el brillo que en ellos había yo me sentía feliz y suficientemente agradecida para que no me importase si ella cerraba los ojos incidentemente sin articular en sus labios un ‘te quiero’.
A todo esto, pero, hace dos años que ya mi mente no hace nacer nuevas historias, ella empezó a salir hasta tarde, ya no quería sentir patrañas de alguien mayor como yo, dormía con la compañía de su reproductor de música y ya no daba valor a aquello que podía sentir en su interior. Hubo noches que ni estuvo. Al principio fue desolador para mí pero entendí que, como yo lo había hecho, todos crecíamos. El pájaro voló de su nido y a mí ya no regresaría, debía dejarla volar, volar alto, soñar… Ella sería libre un día, más de lo que ahora era, y todavía volaría más lejos.
Tenía la necesidad de hacer un prólogo para que entendieseis porque he hecho este libro, a que se debe mi necesidad y para que sepáis que todo esto ya fue escuchado y valorado en primicia por una chiquilla de ojos turquesa y cabellos castaños, por el niño que llevamos dentro.
Mis ojos se perdían en la profundidad de los suyos, rebeldes, buscando una luz. Mis manos se aferraban a las suyas con la intención de no perderme yo misma y volver a caer. Mis labios disfrutaban de la calidez de los suyos bajo la luz de un atardecer que se despedía. Fue entonces cuando haciendo función de banda sonora se reprodujo una canción. La canción.
Las lágrimas se escurrían de mis ojos como si estuviesen huyendo de algo, fue entonces cuando con esa comparación entendí que realmente lo hacían. Huían de la pena. Aferré el papel contra mi pecho y sollocé, más fuerte cada vez, mientras las letras de la carta se desprendían de su tinta haciendo, de un mensaje, borrones negros sin más. La misma negrura que residía en mi corazón. ¿Qué hacer ahora si la realidad era la pena y la pena mi locura y mi condena? ¿Qué hacer ahora si aferrarme a un rosario ya no valía el esfuerzo? ¿Me ayudaría Dios ahora? Había pasado años y años rezando a un ser que no existía con la vana esperanza de salvar su alma, pero todo estaba ya perdido. Nuestra historia se había consumido en la vida como el humo del tabaco lo hace en el aire. Me reconforté, quizás, pensando que su alma vagaba ahora por pasillos llenos de transeúntes amables que se sacaban el sombrero a tu pasar, doncellas que se dejaban besar las manos y se ruborizaban al sentir un poema de Bécquer. Posiblemente allí la necesidad de comer no fuera tan necesaria y la pobreza que aquí nosotros teníamos no la tendría él allí. Sonreí, él siempre había sido un pillo, deseé tener alguna forma de verle actuar en ese nuevo mundo externo y saber si también seguiría siendo un aficionado al alcohol, el juego y a las mujeres; posiblemente sí.
Cayó y recayó mi alma en más de un traspié acabando en lo más hondo de la tristeza, en lo más negro de la profundidad. Pero sigo viva. Comí de mis propias ilusiones, fuente que creí inagotable hasta que vi que mis reservas menguaban con rapidez siendo tanta mi gula de encontrarme feliz en mi cárcel de hierro, en mi celda de desvelo. Reconocí entre sueños y pesadillas mi única verdad para aquel entonces: Iba a morir, iba a ser lento y doloroso, moriría entre la agonía de besos que habían volado, de brazos ausentes, de palabras suicidas, de poetas muertos. Moriría.
Creo recordar no haber mencionado que a escasos palmos de los barrotes de hierro que me mantenían interna dentro del inmenso recipiente había un campo de rosas rojas, el único color que tenía a mi abasto para observarlo hasta la saciedad. Lo confieso, acabé odiando el rojo. Aun así aquella fue mi única salvación allí estando, si no hubiese sido por la tonalidad ondeante de aquellos pétalos posiblemente me hubiese arrancado los ojos para acabar con el suplicio de no ver más allá del negro y dos tonalidades de grises bastante oscuros como para llenarme el corazón. Moriré -me repetía con más frecuencia a cada instante- moriré y habré muerto sola. Esa fue la única música que sonó en mi soledad por más de tres meses.
Crecía en mí el vacío, nació en mí la desesperación, y yo que había sido vana y egoísta ahora me veía perdida en el mundo del nada sin más muda que mis harapos y sin más beber que el de mis lágrimas. Llegué a la conclusión, pues, de lo desdichada que había sido amando al dinero cuando él jamás había tenido corazón para mí pues la fortuna no quiere a nadie y había jugado como si de un muñeco yo me tratase. Los ricos éramos títeres de los billetes, tarde lo vi en el que creí mi lecho de muerte, agarrada con fuerza a las barras, golpeándolas con ímpetu. Fue entonces cuando después de mucho tiempo volvió a mí la realidad a mi mente apartando de ella las infinitas reflexiones que había hecho hasta el momento. Iba a morir –recordé- estaba allí para morir, no para pensar. Paso por mi cabeza incluso la idea de no respirar para acabar con la pesadilla, despertar quizás o abandonarme a los brazos de mi parca personal, de un arcángel negro que bebería de mí hasta dejarme seca de espíritu.
Ocho meses más tarde se dibujaban mis huesos sin dificultades, encima de mis labios se había formado una capa de piel muerta; ahora estaban cortados. Vislumbraba pequeñas luces a ratos que me parecían pasillos al cielo, sentí próxima la hora, noté el frío de un final recorrerme el aura, helarme los pulmones al inspirar. Las rosas, días atrás, habían ido perdiendo el color, adoptaban tonalidades cada vez más apagadas: granate, vino, un granate más oscuro que el primero… Acabaron siendo negras.
Empecé a agonizar, la cabeza me daba vueltas, tosí esputos rojos cada vez más llenos de sangre hasta que esta acabó cayendo como ríos desbocados por las comisuras de mis labios.
Ante mi asombro, como acto reflejo al desvanecimiento de mi cuerpo, la celda se abrió a penas sin chirriar a pesar de que las bisagras estaban viejas y oxidadas. Por mucho que lo hubiese deseado mi vista no podía elevarse más de cinco centímetros del suelo y fue por eso por lo que no pude ver qué o quién había obrado tan milagrosa apertura en el lugar de mi condena. Sentí la calidez de unos labios sobre los míos que presionaban con fuerza como queriendo cesar los torrentes de sangre, y lo consiguieron, unos brazos rodearon mi cuerpo dándome la bienvenida a mi nuevo hogar, escuché lejanos sus susurros tranquilizadores y el batir de unas alas.
Un ángel. Mi ángel.
Mi salvación.
Y para terminar, por si no había experimentado suficiente optimismo en escasos segundos, me embriagó un sentimiento más bello y más profundo, inspirado por el ser que reposaba ahora a mi vera.
Hoy abro este blog e incluso puedo confesar que lo hago con una pizca de ‘orgullo’, me dispongo a escribir sin tapujos sobre temas tabú como lo es el sexo. Creemos ser una sociedad muy avanzada pero, aun así, nos quedamos rezagados en cuanto a temas eróticos u obscenos cuando adoptamos posiciones conservadoras o reservadas. Grito un NO enorme en contra de todo eso, un NO que a la vez va a favor de una libre expresión de ideas para así poder ser un poquito más libres personalmente. Quizás no todos los que paséis por aquí estéis de acuerdo conmigo -es lo más probable- pero bien prometo que de leer mis relatos no os arrepentiréis. Me avanzo a los echos para decir que no seré una monotemática, mis relatos irán des de lo más bruto y sucio hasta cuentos que evoquen dulces sueños para los más pequeños, podréis ver incluso trazas de poesía y resquicios de música por aquí.
Comentado esto y habiéndome dado a conocer quiero agradeceros vuestro apoyo e incitaros a seguir este blog -seguiré yo también el vuestro si así lo hacéis- pues creo poder asegurar que no renegaréis de mis textos. Gracias.