- Te pediría que no prolongaras más esto. Si me quieres quédate, si lo que intentas decirme es que necesitas o quieres irte -titubeó unos segundos, intentando desatar el nudo que crecía cada vez más en su garganta-, vete. No me prometas nada más, a poder ser, y si decides marcharte llévate contigo todas esas promesas antes de que las queme y me inyecte las cenizas. ¿Algo más?
- …
- Te quiero -le oí decir.
Algo me quemó el corazón, quizás esa poca agonía que nunca me había abandonado, quizás el amor que se rompía, algo se desmembraba en mí e incluso la cordura se disculpaba cordialmente comunicándome su huída. Coger mi propio camino era morir.
- No pienso irme, no puedo irme. He puesto mi maldita vida en todas esas pequeñas promesas, hermosos juramentos de amor eterno. No voy a partir, no hoy, a no ser que me lo pidas. Aun así si quieres vender mis promesas puedes hacerlo -le repliqué- quizás me odies y desees hacerlo pero… permíteme decirte algo: no te van a dar más de cinco dólares por ellas. Mi vida no vale nada.
Hay muchas cosas que no entiendo y otras tantas que no sé.
¿Por qué existen tantos caminos?
Caminos de futuros agrios o dulces, amargos y ácidos finales. La peculiaridad se encuentra en el hecho de que nadie sabe cómo es el fin de su ruta, incluso cuando se ha dedicado años a reseguirla con el dedo en el mapa de su vida. Nuestra existencia es incierta.
Eliges un camino (habitualmente con el corazón) y crees que ya lo has hecho todo, que desde ese instante te espera la milagrosa acción del trabajo, la fortuna, el amor, la felicidad… Pero las sospecha de que algo va mal, aun mantenerse oculta, va aflorando a la superficie con sed de libertad; es únicamente necesario prestarle atención para acabar soplando las cenizas de una vida anterior y entregarse al olvido.
La razón, el corazón. Términos opuestos en el arte bohemio, pero, ¿a caso no existe un intervalo medio? Pensar con la cabeza actuando con el sentimiento, es duro, poco controlable, se escapa de las manos a menudo y las riendas no son fuertes pero la tentativa no amenaza con perder nada. Siempre existirán dos caminos y nunca sabremos cual es el más acertado, elegimos, arriesgamos y apostamos. La vida es como un juego de casino.
No quiero ser esa canción que te atraviese el alma. Esa melodía que te rompa la cabeza.
Me sudan los cojones de este tema. Me marcho a morir.
Y si mañana me buscas -ojalá me busques, quizás así pueda creer que te importé un poco- te encontrarás con mi ausencia y mis últimas palabras, correspondencias del más allá que deberán ser quemadas con fuego. Consumidos en cenizas quedarán los recuerdos de ayer.
¿Qué me echas de menos? ¿Lo debo creer?
¿Debería
volver
para
hacerme
daño?
Dime quien eres, quien somos, quien fui. Porque no me quedan más años ya en esta vida. ¿Por qué te quise tanto y te me escapaste entre los dedos como un viento de enero?, demasiado frío, demasiado travieso como para cazarlo.
Dulcinea, princesa de todas las fulanas, reina de la aberración, ¿dónde te me has ido, corazón?
Y que mañana me despierte el mismo humo del tabaco que consumí sin mucha precaución la anterior noche.
El sonido de un coche, la luz de tu mirada, el recuerdo de besarte a la luz del alba.
Aquella sonrisa, el brillo de tus ojos, el carmesí de tu boca, tus labios rojos…
La vida da muchas vueltas. Demasiadas. Hoy puedes estar en América y mañana en el Cairo. He perdido el rumbo.
Recuerdo tardes de otoño apoyada en el poyete de mi ventana viendo como las hojas caían, comparándome con ellas al ver que abandonaban su vida y que yo algún día también lo haría cuando mi hora estuviese próxima, aunque en ese momento hubiese deseado provocarlo.
Recuerdo meses pasando, yo rota por dentro, envuelta por la agonía del dolor y la tristeza, recuerdo hundirme y no poder ni querer siquiera intentar salir del pozo fondo. Recuerdo desear morir e incluso tratar de conseguirlo. Recuerdo tentar a la suerte con los vicios típicos de un callejero.
En aquellos momentos no me importaba nada.
Recuerdo ver llegar el invierno y con él una ráfaga de sueños que me llenó el alma de nuevo, un ángel dispuesto a cuidarme y quitarme la sentencia a la que yo misma me había condenado. En mi memoria se mantiene firme un febrero frío, caliente para el corazón. El mejor febrero de esta maldita vida.
No he vuelto al poyete de mi ventana ni me interesan mucho ya los árboles pero… Aun ser verano…
Efímera, como el brotar de una gota de sangre yo fui tu princesa. Busqué el final por si tu ausencia se me imponía, quise ocultarme de mis miedos tras tu mirada turquesa, y hoy que conozco un final, algo que no reconocía… Moriré si pierdoesa boca que me besa.
El humo del tabaco se escapa por el centro de mis labios y la nube blanca se dispersa entre el aire, adiós -le digo, y a penas me absorben los pensamientos que ya estoy tomando otra calada del cigarro que se va consumiendo entre mis dedos, y uno tras otro acabaré la cajetilla entera esta mañana. Ya tenía conocimiento de ello.
Me aparto del pequeño muro de la terraza en el que estoy apoyada y me siento, en compañía de mi café, en la silla de plástico barata que reside medio húmeda por la lluvia nocturna entre las baldosas de cerámica del suelo. El sol se divisa por el horizonte, saludando con vergüenza, es tímido y pasa lento ante mis ojos, me quema la vista para que la aparte y así no le mire, me trae la mañana. Suspiro, ¿qué será de mi hoy? La misma sonrisa falsa, los mismos zapatos de charol, maquillaje hasta las orejas, un peinado refinado, la ducha de las once, salir a la calle por el mero hecho de caminar, ¿algo más? Quizás hoy me coma una napolitana con la esperanza de que eso me cambie la vida, quién sabe. Hace tiempo perdí la esperanza de pensar que alguien podría dar un giro a mi rutina, hace ya sus años que llegué a la conclusión de que no estoy hecha a voluntad del amor y que, por lo tanto, de él deberé prescindir hasta que yo me consuma también como mi propio tabaco. Beber, fumar, dormir, comer, beber, fumar… Todos los días lo mismo, no cambia nada pero tampoco busco que nada cambie, me he acostumbrado a vivir así. Me independicé a los dieciocho años dejando atrás a una familia que no me quería -yo tampoco a ellos, con sinceridad debo confesar- porque fui la oveja negra en todo lo que pude e incluso más, pensé que la libertad lejos de mis padres conservadores y una hermana más egoísta que persona me alegraría un poco pero más que libertad esto es comparable a un infierno personal de facturas, hipoteca y soledad, ¿qué coño hago yo aquí?
Nací en Tarragona y he vivido siempre en un pueblo al sur de la comarca de Conca de Barberá, Montblanc, el cual consiguió alimentar mis sueños de libertad con prados verdes, árboles, flores del mediterráneo y, cómo no, el monte más cercano a mi antigua casa: Santa Bárbara. Aquello sí que era bárbaro, sin duda [nótese el juego de palabras]. Me sincero al decir con melancolía que añoro aquel ambiente, aquellos lugares repletos de magia y tradición tarraconense. El convento de San Francisco, uno de los más antiguos de Cataluña, que llegó a hechizarme con su arquitectura antigua de piedra, sus portalones, sus ventanas, la fantasía que en él residía; los antiguos hospitales de San Marcial, San Bartolomé y Santa Madalena de los cuales supe más por mis abuelos que no por mí misma; el santuario de la Virgen de los Prats, más conocido como Ermita de los Prats popularmente, situado en la Guardia de los Prats, otro barrio, y no en Montblanc. Recuerdos, imágenes distorsionadas en mi mente infantil, ahogando a la niña que fui y que ya nunca volverá, tengo veintidós años, hace cuatro que vivo en Barcelona y aun me queda mucho por descubrir de la ciudad capital, nunca me ha gustado la contaminación -de ningún tipo: acústica, química, lumínica…- pero si vives aquí no hay más remedio que soportarla y hacer oídos sordos a aquello que te desagrada, por estas calles he llegado a ver de todo: prostitución, drogas, mercado negro, asesinatos, violencia de género… pero no, eso no degrada la ciudad en lo más mínimo, el mero nombre de ‘Barcelona’ ya da importancia a la metrópoli y la eleva en su presencia ante las otras. Suelo pasear por el Fórum -antiguamente ‘de las culturas’- cuando la inquietud y el desasosiego me atacan en casa estando, me paseo por el puerto y la playa del Bogatell con paso lento, disfrutando de cada escena, de cada sonido, de cada frase, de cada rumor lejano que me llega al impactar una ola con las rocas. Amo esta ciudad y, si de alguna forma fuese posible, me casaría con ella. Aquí, en la arquitectura, en la historia, en las formas y los lugares he encontrado el amor que jamás ningún hombre ha sido capaz de entregarme, un amor puro al que me aferro con la certidumbre de no volver a caer al tropezar con mis propios pasos.
A penas me doy cuenta cuando ya he gastado el paquete entero de Fortuna, no me queda ya más que hacer en la terraza, voy al mueble bar y me sirvo el segundo medio vaso de Vodka, me quema la garganta y carraspeo. Miro la hora y esta me asombra, las siete y media de la mañana, ¿qué hago yo despierta si es domingo? Me vuelvo a la cama y más tarde Dios dirá.