Me he sumergido en un mundo de recuerdos con la esperanza de hallar hogar aquí, un hostal, un suspiro, oxigeno en el aire y besos de los que beber. Cada momento almacenado en mi mente me alimenta y, con alegrías sanas o penas indigestas, voy recordando mi vida mientras la voy reconstruyendo a partes como un rompecabezas. He vivido mucho; ya no mucho más viviré. Rozo los noventa y suelo sentir como la sangre se me hiela por el cuerpo unos instantes, amenazante, poniendo a prueba mi salud, recordándome que mis últimos segundos aquí son algo efímero que pasará como una centella. No puedo ya hacer mucho más por mi vida.
Recuerdo como Alexia, mi nieta, se me subía a la falda siendo ella muy pequeña y me observaba con ojos suplicantes: quería un cuento; pero no quería una historia normal que le hablase de tiempos lejanos, un castillo, hadas, brujas, princesas y un príncipe, no, ella me imploraba con la lágrima a punto de recorrerle las mejillas cuentos que explicasen valores de la vida. ‘¿Valores de la vida?’ recuerdo que pregunté sobresaltada y sorprendida la primera vez que me habló de ello, tanto a su madre como a su tía yo me había dedicado a contarles cuentos de Charles Perrault o de los hermanos Andersen, basados en la tradición oral.
Ella me explicó que los relatos que estaba buscando eran palabras para aprender, frases sabias, una detrás de otra, y que tan solo una persona con tanta experiencia como yo podría llegar a contarle algo que realmente le enseñase. Creí entender. Siguió diciendo que ella quería que le enseñase de amor, de tristeza, de dolor y de pena, de depresiones, desamores, alegría, felicidad, ilusiones y esperanza, odio, celos, traición… la lista, al acabar, rozó quizás unos 50 valores quedándonos todavía algunos sin mencionar, hecho que me asombró y me hizo reflexionar en que tan expresivos somos los seres humanos y que tan poco apreciamos la gesta de poder sentir tantas cosas en nuestro interior: espíritu, alma y corazón.
Inicié mi tarea ideando varias historias con las que explicarle, de forma entendedora para una chiquilla de ocho años que apenas acababa de aterrizar en la faz de este mundo, todo aquello que ella me había suplicado con esa boquita de piñón.
Pasaron los días y cada noche acudía a contarle una nueva fábula repleta de aquello con lo que le gustaba y, mirando sus ojos y el brillo que en ellos había yo me sentía feliz y suficientemente agradecida para que no me importase si ella cerraba los ojos incidentemente sin articular en sus labios un ‘te quiero’.
A todo esto, pero, hace dos años que ya mi mente no hace nacer nuevas historias, ella empezó a salir hasta tarde, ya no quería sentir patrañas de alguien mayor como yo, dormía con la compañía de su reproductor de música y ya no daba valor a aquello que podía sentir en su interior. Hubo noches que ni estuvo. Al principio fue desolador para mí pero entendí que, como yo lo había hecho, todos crecíamos. El pájaro voló de su nido y a mí ya no regresaría, debía dejarla volar, volar alto, soñar… Ella sería libre un día, más de lo que ahora era, y todavía volaría más lejos.
Tenía la necesidad de hacer un prólogo para que entendieseis porque he hecho este libro, a que se debe mi necesidad y para que sepáis que todo esto ya fue escuchado y valorado en primicia por una chiquilla de ojos turquesa y cabellos castaños, por el niño que llevamos dentro.
He aquí mi recopilación de cuentos.
dissabte, 25 de juliol del 2009
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Que cosas tiene tu mente, siempre slaes con alguna cosa nueva.. ya tengo ganas de oir el primer cuento(mas bien leer). La introduccion a sido fantastica, real y me ha sorprendido. Escribe pronto el primer cuento!
ResponEliminabesos!
Mich.
100% de acuerdo con mi querida Misha...
ResponEliminaEspero con ansis tus historias...
Muchas gracias por pasar por mi blog y por tu hermoso comentario...
Beshos!